“Arrastrarse” y suplicar migajas de atención y cariño deja una huella permanente en nuestra autoestima y en nuestro bienestar emocional. Que nos ignoren nos hace sentir pequeños, insignificantes y vulnerables.
A esto se le une la impotencia, la frustración y la rabia por no
lograr el tipo de relación que nos gustaría tener con esa persona que
obvia nuestra presencia y menosprecia nuestro interés.
Nuestro autoconcepto
se ve totalmente mermado cuando sucede esto. Sentirnos así genera, en
parte, que lleguemos a ser incapaces de mantener una actitud correcta
hacia nosotros mismos.
Restaurar lo que el tiempo y las actitudes de indiferencia de los demás han mermado no es una tarea fácil. Recomponer nuestros pedazos exige de orgullo, coraje y de cierto “egoísmo sano” que no es más que comenzar a cuidarnos a nosotros mismos por encima de todas las cosas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario